– ¡Peque, acelera!

Allí estaba yo, en el lejano año de 1990, con mis tiernos 5 añitos, subida al depósito de la Cobra del entonces novio de mi hermana mayor. Mi corazón latía más rápido que un procesador cuántico overclockeado. ¿Qué podía salir mal?

Cuando me dijo que acelerase, cogí con mi manita el puño de la moto con la determinación de un gato persiguiendo un láser y lo retorcí todo lo que pude. ¿El resultado? ¡Un caballito épico! Sí, sí, como esos que salen en las películas de acción, pero con menos glamour y más torpeza.

Mi cuñado, que en ese momento era mi gurú de las dos ruedas, pasaba conmigo muchas tardes explicándome las partes del motor mientras yo asentía como si entendiera algo, y creo que fue ahí cuando mi locura por las dos ruedas empezó.

En una tarde calurosa de verano, le solté mi gran revelación:

-¡Jose, yo de mayor quiero hacer motos!

Él me miró con una mezcla de orgullo y preocupación.

– Pues para eso tienes que ser ingeniera – sentenció.

Y así quedó sellado mi destino: ser la ingeniera más motera del universo porque como decía mi abuela, “La vida es como una moto sin frenos: emocionante y un poco peligrosa”. ?️?